La piedra cansada
La piedra cansada Cabaña de Tolpor, al atardecer, en los alrededores del Cuzco. A la derecha, puerta abierta a la calle. Okawa está ocupada en tatuar, con un punzón de cobre candente unos platos de madera, canturreando o comentando por momentos su labor. Un pequeño hogar arde a su lado.
OKAWA, considerando el dibujo que acaba de hacer en un plato: —Cabeza de venado bien derecha. Como mirando lejos, al fondo de un paÃs desconocido. ¡Ya!… (Toma otro plato y canta. Tras un instante, considerándolo en alto). ¡Qué amarillo tan extraño!, ni oca dulce ni mashua amarga. ¿Pecho de vicuña salvaje?… Tampoco. Se dirÃa… se dirÃa tamarindo macerado. O más bien, color de camino polvoriento, abandonado bajo el sol… (Toma otro plato).
VOZ DE MAMA CUSI, desde el fondo de la escena: —¡Date prisa, Okawa!
OKAWA, hablando para sÃ: —¿Tantos platos para qué? Plato que sobra —dice el proverbio— es boca de un ausente que no come. (Alzando la voz). Madre, ¿cómo son los platos en que yantan las vÃrgenes del Sol?
VOZ DE MAMA CUSI: —Los hay blancos, morados, lapislázuli… tatuados en el fondo de figuras misteriosas.
OKAWA, para sÃ: —Y el plato de la carne es negro y no tiene figuras.
