Novelas y cuentos completos

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El cántaro que Adelaida nombraba el tiznado no tenía en verdad nada en sí de excepcional, sino era los años de servicio y su tradición gentilicia. En cambio, el vidriado tenía un mérito originalísimo y fantástico. Ello es que un día, cuando tales vasijas pertenecían a la abuela aún, Adelaida, que apenas tenía siete años, fue a traer agua de la poza en el vidriado. Bien lo recordaba Adelaida. No podía llevar los dos cántaros, porque era muy pequeña y se habría caído con ellos. La siguió «Picaflor», la faldera, blanca y sedosa. De repente, ingresado el cántaro al fondo de la oscura compuerta para colmarse, pasaron por allí algunos perros en encelada caravana; «Picaflor» entropose a ellos, y alejándose fue hasta perderse en la próxima esquina, a despecho de las llamadas y amonestaciones de Adelaida. Cuando volvió, el animal enardecido acezaba y gruñía. Al acercarse a la niña, pareció irritarse más, empezó a escarbar furiosamente con las patas traseras y desnudó los finos colmillos y las rojas encías, despidiendo rencor por todas las comisuras y contracciones de su máscara. Ladró, enfureciéndose más y más. Adelaida la llamaba: «¡Picaflor! To… To… ¡Picaflor!». Y la can ingrata jadeaba sofocada, parapetada en una piedra, pronta al mordisco; algunas veces husmeaba agitadamente el suelo, buscando, echando de menos algo, con amoroso ahínco. Después volvía a Adelaida el hocico amenazador, y hasta hubo momentos en que saltaba e hincaba los dientes en el traje. La niña se puso a llorar, asiéndose a unos rocosos y grandes pedruscos y pateando inocentemente a la bestia rabiosa.


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