Novelas y cuentos completos

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Tenía una voz dulce y fluvial: esa voz rijosa y sufrida que entre la boyada es guía en las espadañas yermas, acicate o admonición apasionada en las siembras; esa voz que cabe los torrentes y bajo los arqueados y sólidos puentes, de maderos y cantos más compactos que mármol, arrulla a los saurios dentados y sangrientos en sus expediciones lentas y en los remansos alvinos, y a los moscardones amarillos y negros en sus vagabundeos de peciolo en peciolo; esa voz que enronquece y se hace hojarasca lancinante en la garganta, cuando aquel cabro color de lúcuma, púber ya, de pánico airón cosquillante y aleznada figura de íncubo, sale y se va a hacer daño al cebadal del vecino, y hay que llamarlo con silbido del más agudo pífano y a piedra de honda, ludiendo así la de lana verde y dorada que tejieran en regalo manos amorosas, y que, por esto, duele de veras estropearla y acabarla. Voz que en las entrañas de la basáltica peña índiga de enfrente tiene una hermana encantada, eternamente en viaje y eternamente cautiva… Así era la voz de Adelaida.

«Rayo» dejabase.

—Mañana, señor, va usted a portarse muy bien. Su dueño quiere tirar la prosa. Ya sabe usted. Déjese, déjese. Debe usted presentarse hermoso.

El potro se inclinaba, deponiendo ante la dulce voz de la hembra imperiosa las tablas del fornido y gallardo cuello reluciente.


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