Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Al otro dÃa Balta lo primero que hizo al salir a la calle fue comprar un espejo. TenÃa la fantástica obsesión del dÃa anterior. No se cansaba de mirar en el cristal, pendiente en la columna. En balde. La proyección de su rostro era ahora normal y no la turbó ni la más leve sombra extraña. Sin decirle nada a Adelaida, fue a sentarse en uno de los enormes alcanfores, cortados para vigas, que habÃan agavillados en el patio, contra uno de los muros, y estuvo allà ante el espejo, horas enteras. La mañana estaba linda, bajo un cielo sin nubes.
Sorprendiole la vieja Antuca, madre de Adelaida, que venÃa a pedir candela. DÃscola suegra esta, media ciega de unas cataratas que cogió hacÃa muchos años, al pasar una medianoche, a solas, por una calle, en una de cuyas viviendas se velaba a la sazón un cadáver; el aire la hizo daño.
—¿No te has ido a la chacra, Balta? Don José dice que el triguito de la pampa ya está para la siega. Dice que el sábado lo vio, cuando volvÃa de las Salinas…
Balta tiró una piedra.
—¡Cho!… ¡Chooo! ¡Adelaida! ¡Esa gallina!
Las gallinas picoteaban el trigo lavado para almidón que, extendido en grandes cobijas en el patio, se secaba al sol de la mañana.