Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Triste y siniestra expresión iba cobrando su semblante. En los días de enero, en que caía aguacero o terribles granizadas, y cuando los campos negros y barbechados ya daban la sensación de gruesos paños fúnebres, estrujados, doblados en grandes pliegues caprichosos, o desganados y echados al viento, pábulo tormentoso adquirían sus inquietudes. Los chubascos, que duraban algunas horas, hacían numerosas charcas en el patio resquebrajado de la morada. Balta, si no había ido a las melgas, o si, a causa de la lluvia, veíase obligado a suspender el trabajo y a recogerse, permanecía sentado en uno de los poyos del corredor, cruzados los brazos, oyendo absortamente el zumbar de la tempestad y del viento sobre la pajiza techumbre que amenazaba entonces zozobrar. Allí solía estarse, hasta que sobreviniera alguna circunstancia que lo reclamase; tal, por ejemplo, para espantar a los puercos que, a causa del eléctrico fluido del aire, hozaban nerviosos el portillo del chiquero, rugiendo y haciendo un ruido ensordecedor. Los golpeaba él con un palo y afianzaba y guarnecía con nuevos cantos la entrada del corral; pero los animales no cedían y seguían rugiendo y empujando con rabia salvaje las piedras de la poterna. «¡Pero qué tienen estos animales del diablo!…», exclamaba Balta, poseído de una impresión de cólera y sutil inquietud de presagio.