Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Su mujer reposaba a su lado, tranquila. La vieja Antuca, su suegra, que dormía en la misma pobre habitación, pareció conturbarse; balbuceó no sé qué palabras incomprensibles entre sueños, y luego lanzó algunos alaridos, como si le hiciesen doler una herida invisible y profunda. Balta se quedó adormecido.
Al día siguiente había en su semblante una sombra aun más ensimismada y más hosca. Vio a su mujer y sus ojos despidieron un resplandor extraño.
Temprano se ausentó a solas, sin haber cruzado palabra alguna con nadie. ¿Por qué, pues, se iba así? ¿Por qué ese inmotivado recelo para su pobre mujer? Buscaba la soledad Balta, cada día con mayor obstinación.
—¿Qué tienes Balta? —Llegó a interrogarle Adelaida—. ¿Qué te pasa, que estás así? No quieres que nos vayamos. El invierno me da miedo, Balta. ¡Vámonos, por Dios! ¡Vámonos! ¿Bueno?…
Ella le dijo esto, asiose del brazo viril y recostó la sien suavemente rendida sobre el hombro de su marido.
Hizo él una mueca de fastidio:
—Te he dicho que no.
Dos lágrimas asomaron azoradas y tímidas a los ojos de ella, al mismo tiempo que la faz taciturna y huraña de Balta tuvo una violenta expresión amenazadora.