Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos A su predio tornó Balta esa misma noche. Una vez en su lecho, se sintió acometido de angustioso frenesí, y un insomnio poblado de sombras y de febril alarma goteó toda la noche sobre sus almohadas y sobre su corazón. Por momentos amodorrábase y oscurecía todo su ser, y por momentos cavilaba con gran lucidez. Reflexionaba. En medio del silencio de la noche, desabarquillaba fibra a fibra recuerdos de lugares, fechas, acontecimientos e imágenes, deduciendo relaciones, atando cabos sobre su posición actual en la vida. Acordábase de que él era huérfano de padre y madre, y que, salvo una hermana que tenía en una hacienda remota, la única sangre suya estaba toda contenida en él y nada más. Luego pasaba su pensamiento a su mujer, y por inextricable asociación de ideas, al espejo. Repesaba entonces sus cuitas y sobresaltos por la idea de que alguien le seguía los pasos. Se hacía mil interrogaciones sobre si estaba o no seguro de lo del espejo. Quería fijar bien los contornos de la imagen que veía en el cristal. Esforzábase a ello, sin conseguirlo; mas, si lo hubiera conseguido, se habría tapado los ojos de la imaginación y habría tenido horror. Recordó entonces vagamente lo que le dijo el amigo, el domingo, en la plaza: «… cosas y personas que yo quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan y se deshacen apenas aparecen». Después recordaba otras cosas. Cuando era aún maltón tenía reuniones nocturnas con numerosos muchachos, entre los que había algunos pertenecientes a principales familias del pueblo, y otros que volvían ya del Colegio, muy leídos y cultos. Referíanse entonces, a la recíproca, narraciones fantásticas y sucedidos increíbles. Uno de ellos dijo cierta noche: «A mí me pasó una vez una cosa horrorosa. Hallábame tendido, cara arriba, sobre mi cama, a eso de la hora de oración. Meditaba yo a solas, y de improviso advertí que mis pies retirábanse y se alejaban sin fin. Advertime el cuerpo estirado y crecido gigantescamente, y, lleno de miedo y de espanto, quise pararme; no podía, pues que chocaría con el techo. Empecé a gritar aterrado. Alguien acertó a ir por allí y acudió…». Balta, confundido y exhausto, golpeó la sien contra el lecho y cambió de posición en las almohadas.