Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Santiago observaba, extrañado. Niño, con sus ocho años, él no se daba cuenta de aquel infortunio. Supo sí que adentro se lloraba, y que se callaba más adentro aun. Su corazón empezó a encogerse y tuvo ganas de llorar. Viendo padecer a su hermana, le dolió el alma. ¿Quién la hacía padecer? ¿Qué la habían quitado? ¿Qué cosa se le negaba? ¡Dénsela! ¡No sean malos! ¡Devuélvanle sus cosas! ¿No las encuentran? ¡Búsquenselas! ¡No la hagan llorar!… Santiago sintió que se le anudaba la garganta y se echó a llorar en silencio. No se atrevía a más. Sabía, de manera oscura, que en ese momento su hermana debería de sentirse esclava de indoblegable yugo, el cual, al mismo tiempo que la golpeaba, no la dejaba huir. Pensaba él: debería correr Adelaida. Un instante accionó con uno de los brazos de varias maneras, tratando de llamar la atención de Adelaida. Levantaba el brazo estirándolo cuanto podía, lo ponía en cruz, lo hacía rehilete, agitaba los dedos con impaciencia, atenaceado por un vehemente y álgido anhelo de que ella volviese los ojos a él, sin que su marido se vaya a dar cuenta, eso sí. ¡Tonta! Cómo se fijara en él, siquiera un segundo. Danzaba de aguda impaciencia. Empezó a hacer señas: