Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Adelaida fue acercándose a él.
—¡Oye, Balta, por Dios!
—¡Déjame! ¡Déjame!
Ella arrodillose prosternada ante el marido, y se puso a gemir con desgarradora lástima de amor, inclinado el moreno rostro atribulado, vencida, suave, humilde, nazarena, dulce, aromada de dolor, diluida ella entera y en el varón absorbida, en un mÃstico espasmo femenino.
—Déjame.
Y Balta agregaba, llorando, a su vez:
—¡Tú has muerto ya para mÃ!
Aquella misma noche la llevó al pueblo. A través de los desfiladeros y las abras cenagosas, cortando las nieblas y la oscuridad, se fueron.
Ya en la casa del pueblo, Balta la hizo vestir de luto riguroso, y él hizo igual cosa. ObedecÃa ella, llora y llora. Una luz frÃa y anaranjada de esperma Iluminaba y tocaba de aciaga pesadumbre los blancos muros repellados, los objetos, el ladrillamen de la estancia. Fuera quedaba la noche negra y desierta.