Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos El marido, exacerbado, gruñía sus imprecaciones en alta voz, acusando, hachándola a miradas, llorando, sangrando a pedazos. ¡Qué la había hecho él! ¡Por qué le pagaba así! En la vida él no amó a nadie, sino a ella sola. No fue jamás un mal hombre, un vicioso, un holgazán. No. Fuera de su hermana, tantos años ausente, solo Adelaida. ¡Solo Adelaida en el mundo! ¿Quién la obligó para irse con él? Al formular esta pregunta, Balta empleaba un timbre de adoración infinita por su mujer. Asomaban en esa interrogación elástica, cérica, de una sublime trascendencia dramática, perdones, piedades, misericordias supremas. ¿Quién la obligó para seguirle? No. No le había amado jamás. ¡Adelaida mala! ¡Adelaida! ¿Por qué, mejor, no quisiste al otro desde un principio, antes que a él? Imaginándose Balta lejos y extraño a ella en el mundo y por toda la vida, la amaba con una ternura aun más grande y más pura. La amaba entonces mucho. Ahora mismo que la veía sufrir acudiría a consolarla y tranquilizarla y a prestarla refugio y amparo. Sí. La ampararía. ¿Por qué se la hacía sufrir? ¡Tan buena! ¡Pobrecita! La ampararía. Y consternado en sus fibras más delicadas y sensibles y diáfanas, Balta lloraba y tenía la impresión perfecta y real de estarla escudando, de estarla procurando un bálsamo, de estarla haciendo el bien. Mas, luego, salvaba todo este orbe de hipótesis sentimentales, volvía a su dolor actual y lloraba y se le astillaba el alma a pedazos, a grandes pedazos.