Novelas y cuentos completos

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—¡Déjenme! Yo no soy adivino. Díganle al Emperador que yo soy un quechua igual a los demás. Pídanle que me deje ir a mi choza. Yo no he hecho nada, en buena cuenta. Se hace mal en tenerme por extraviado. Mi cabeza no tiene que ver nada. ¿No andan tantos collahuatas por los dominios del Inti? Antes bien, las tablillas me dieron el ser simple, sencillo, obediente. Yo soy un simple quechua, que riega los oasis y grutas de recreo de Yucay. ¡Oh padre Viracocha, Señor de los Incas, luz del Imperio! ¡Que me dejen ir a mi choza, donde me aguarda mi lampilla para abrir las acequias de regadío, entre los árboles sagrados!…

La vieja seguía mirando al suelo, compungida. Ticu se afanaba por convencerles del estado realmente normal en que se sentía. Pero era en vano. Los guardias, a una voz, clamaron:

—¡Eres un sicofante! Has calumniado a la nobleza. ¡Maldito del Sol! ¡Gusano pestilente! ¡Carcoma del Oráculo Sagrado!

Un niño, triste y pobre, vino corriendo. Era un hijo de Ticu. Saltó a sus rodillas y le echó los bracitos al cuello, besándole. Ticu le miró extrañamente, y, desprendiendo la espina que sujetaba la manta a sus hombros, probó su punta, como la de un cuchillo, en la palma de su mano, tomó al pequeño por el mentón y le hundió la espina en uno de los ojos, hasta hacerla desaparecer…


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