Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Después volví a ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Ángel el semblante como refrescado, apacible y —quizás me equivocaba— diríase restablecido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera concebir.
—Me parece verla todavía —continué sollozando— no sabiendo la pobrecita qué hacer para la dádiva y arguyéndome: —Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras cuando estás riendo a escondidas. ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como que yo era el último también!
Al término de la velada de dolor, Ángel pareciome de nuevo muy quebrantado, y, como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido una desviación en la vista, motivada por el golpetazo de luz del meteoro, al encontrar antes en su fisonomía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no podía haber ocurrido.
Aún no asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda, despidiéndome de Ángel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que habían motivado su arribo a Santiago.
Finada la primera jornada del camino, aconteciome algo inaudito. En la posada hallábame reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de pronto, mirándome asustada, preguntóme lastimera: