Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos —Cuando me acuerdo —agrega— no sé cómo pudo Palomino resistir tanto. Porque aquello era un tormento indescriptible. No sé por qué conducto fue noticiado de que se le tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser alojado en ella. La familia del hombre que él mató, le perseguÃa de esta manera hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a quince años de penitenciarÃa y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa: llevaba su sed de venganza aun más abajo. Y ahora se embreñaba en recova por tras de los quicios de los sótanos y entre espora y espora de los lÃquenes que crecen entre los dedos carceleros, tanteando el resorte más secreto de la prisión; ahora se movÃa aquÃ, con más libertad que antes a la luz del sol para la injusta sentencia, e hincaba las pestañas de infame emboscada en la atmósfera que habÃa de venir a respirar el condenado. Noticiado este de ello, sufrió, como usted comprenderá, terrible sorpresa; lo supo, y nada pudo desde entonces ya desvanecérselo. Un hombre de bien, como él, temÃa una muerte asÃ, no por él, claro, sino por ella y por ellos, la inocente prole atravesada de estigma y orfandad. De allà la zozobra de minuto en minuto y el sobresalto a cada trance de su vida cotidiana. Diez años habÃa pasado asÃ, cuando le vi por primera vez. Despertaba en el ánimo ese atormentado, no ya lástima y compasión, sino un religioso y casi beatÃfico transporte inexplicable. No daba piedad. Llenaba el corazón de algo quizás más suave y tranquilo y dulce casi. Mirándole, yo no sentÃa impulsos de deschapar sus hierros, ni de encorecer sus llagas que crecÃan verdinegras en el fondo de todos sus fondos. Yo no habrÃa hecho nada de esto. Mirando tamaño suplicio, tan sobrehumana actitud de pavor, siempre quise dejarle asÃ, marchar paso a paso, a sobresaltos, a pausas, filo a filo, hacia la encrucijada fatal, hacia la jurada muerte, tanto tiempo ha revelada. No movÃa Palomino por entonces a socorro. Solo llenaba el corazón de algo quizás más vago e ideal, más sereno y casi dulce; y era grato, de un agrado misericordioso, dejarle subir su cuesta, dejarle cruzar los pasillos y galerÃas en penumbra, y entrar y salir por las celdas frÃas, en su horrendo juego de inestables trapecios, de vuelos de agonÃa, al acaso, sin punto fijo donde ir a parar. Con su barba roja a vellones y sus verdes ojos de alga polar, el uniforme estropeado, asustadizo, azorado, parecÃa atisbarlo todo siempre. Un obstinado gesto de desconfianza resbalaba por sus labios de justo pavorido, por sus cabellos bermejos, por sus sainados pantalones y aun por sus dedos desvalidos, que buscaban en toda la extensión de su capilla de condenado, sin poderlo hallar nunca, un lugar seguro en qué apoyarse. ¡Cuántas veces le vi quizás al borde de la muerte! Un dÃa fue aquÃ, en la imprenta, durante el trabajo. Callado, meditabundo, taciturno, Palomino hallábase limpiando unas fajas de jebe negro, en un ángulo del taller, y, de cuando en cuando, echaba una mirada recelosa en torno suyo, haciendo girar furtivamente los globos de sus ojos, con el aire visionario de los de un ave nocturna que entreviese fatÃdicos fantasmas. De repente tuvo un brusco movimiento. Uno de los compañeros de labor, en quien yo habÃa sorprendido repetidas ocasiones marcados gestos y extrañas palabras de sutil aversión, tal vez inmotivada, hacia Palomino, mirábale de hito en hito, desde el lado opuesto de la estancia. Tal conducta, cuya intención no podÃa, desde luego, serle grata a mi amigo, por los antecedentes que dejo ya anotados, le hizo experimentar un brusco movimiento de desasosiego y agudo escozor destempló todos sus nervios. El gratuito odiador, a su vez, advirtióse sorprendido, y, perdida la serenidad, con torpeza y turbación asaz significativas, vertió de un pequeño frasco de vidrio, algunas gotas; el color y la densidad de estas fueron envueltas y veladas casi completamente por una alÃgera voluta de humo que en tal instante venÃa del lado de los motores. No sé decir dónde fueron a caer esas largas misteriosas lágrimas; pero quien las habÃa vertido siguió agitándose entre los objetos de su trabajo, cada vez con más visible turbación, hasta el punto de no tener posiblemente conciencia de lo que hacÃa. Palomino le observaba estático, sobrecogido de presentimiento, con las pupilas fijas, pendientes de aquella maniobra que inspirábale intensa expectación y angustiosa zozobra. Luego las manos del trabajador fueron a ensamblar un lingote de plomo entre otras barras dispuestas en la mesa de labor. Entonces Palomino cesa de aguaitarle, y, atónito, abstraÃdo, bajos los ojos, superpone cÃrculos con la fantasÃa herida de sospecha, desembroca afinidades, vuelve a sorprender nudos, a enjaezar intenciones fatales y rematar siniestras escaleras… Otro dÃa ingresó de la calle una desconocida visita, la cual acercóse al linotipista y le habló largo rato; no se percibÃan sus palabras entre el ruido de los talleres. Palomino saltó, plantóle la vista, analizándole de pies a cabeza, a hurtadillas, pálido de temor… «¡Palomino! ¡Vea!» —le consolaba yo— «Olvide usted eso; creo que no puede ser». Y él, por toda respuesta, apoyaba las sienes entre ambas manos, tintas de encierro y desamparo, vencido, sin fuerzas. A los pocos meses de habérseme traÃdo aquÃ, él era mi mejor amigo, el más leal, el más bueno.