Novelas y cuentos completos

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En esto, Solís hizo una mueca de enigmática ofuscación, mezclada de tan sorda ebriedad en la mirada, que me hizo bambolear en el asiento, como con una pedrada furibunda.

Después, enronquecido, a pulso, a grandes toneladas, agregó misteriosamente:

—Y Palomino no amaneció al siguiente día. ¿Había, pues, sido envenenado? ¿Y acaso con el agua que yo le di a beber? ¿O había sido aquello solo un acceso nervioso suyo y nada más? No lo sé. Solo dicen que al otro día, mientras yo vime obligado a guardar cama en las primeras horas, a causa de los fuertes golpes nerviosos de la víspera; dicen que entonces vino un hijo suyo a noticiar a su padre habérsele concedido el indulto, y ya no le encontró. Le había respondido la Dirección del establecimiento: «En efecto. Concedido el indulto para su padre, ha sido puesto en libertad esta mañana».

El narrador tuvo en esto un mal contenido gesto de tormento que me impulsó a decirle, solícito y consternado:

—No… No… ¡No vaya usted a llorar!

Y, haciendo súbito paréntesis, volvió Solís a preguntarme con honda ternura, como antes:

—¿Tiene usted frío?

Yo le interrumpo anhelante:

—¿Y después?

—Y después… nada.


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