Novelas y cuentos completos

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De pronto sintió que se acercaba a Jesús, sin haberse dado cuenta, y lo que es más, sin avanzar, a su entender, paso alguno en tal propósito. Harto animado por el resultado de su examen de conciencia, poco se conturbó ante la inminencia de la hora tremenda que llegaba. Lanzó una mirada en busca del Señor, a quien no veía y apenas presentía, llenando de su tácita presencia el infinito espacio azul. La divina figura de Jesús permanecía invisible siempre a los ojos, y Benites la creía solamente soñar, sin poder estar seguro de haberla visto ahí alguna vez. Pero un sentimiento extraordinario de algo jamás registrado en su sensibilidad y que le nacía del fondo mismo de su ser, le anunció que se hallaba en presencia del Señor. Tuvo entonces tal cantidad de luz en su pensamiento, que lo poseyó la visión entera de cuanto fue y será, la conciencia integral del tiempo y del espacio, la imagen plena y una de las cosas, el sentido eterno y esencial de las lindes. Un chispazo de sabiduría le envolvió, dándole, servida en una sola plana, la noción sentimental y sensitiva, abstracta y terráquea, nocturna y solar, par e impar, fraccionaria y sintética, de su rol permanente, en los destinos de Dios. Y fue entonces que nada pudo hacer, pensar, querer ni sentir por sí mismo ni en sí mismo; su personalidad, como yo de egoísmo, no pudo sustraerse al corte cordial de sus flancos. En su ser se había posado una nota orquestal del infinito, a causa del paso de Jesús y su divino oriflama por la antena mayor de su corazón. Luego volvió en sí, y al sentirse apartar de delante del Señor, condenado a errar al acaso, como número disperso, zafado de la armonía universal, por una gris e incierta inmensidad, sin alba ni poniente, un dolor indescriptible y nunca experimentado en su vida, le colmó el alma hasta la boca, ahogándole, como si mascase amargos vellones de tinieblas, sin poderlas ni siquiera pasar. Su tormento interior, la funesta desventura de su espíritu no era a causa del perdido paraíso, sino a causa de la expresión de tristeza infinita y humanamente mortal que vio o sintió dibujarse en la divina faz del Nazareno, al llegar ante sus plantas. ¡Oh qué mortal tristeza la suya, que de ser comparada a su goce en presencia de los niños, habría tirado de golpe la balanza, hacia el lado sin lado y sin platillo! ¡Oh qué humana tristeza la suya, cual la que vigiló, a la luz de una víspera fatal, en un yermo olivar de Galilea, su oración muda y desolada, cuando goteó en el puro suelo su secreción de sangre augusta, al compás de estas cárdenas palabras!: «¡Padre, aparta de mí este cáliz!» ¡Oh qué infinita tristeza la suya, y cómo no la pudo contener ni el vaso de dos bocas del Enigma! Por ella sufría Benites un dolor desmedido y sin orillas.


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