Novelas y cuentos completos

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—¡Señor! —murmuró suplicante y bañado en llanto—, al menos que no sea tanta tu tristeza. Al menos, que un poco de ella pase a mi corazón. ¡Al menos, que las piedrecillas vengan a ayudarme a reflejar tu tristeza!

El silencio volvió a imperar en la gran extensión incierta.

—¡Señor! ¡Apaga la lámpara de tu tristeza, que me falta corazón para reflejarla! ¿Qué he hecho de mi sangre? ¿Dónde esta mi sangre? ¡Ay señor! ¡Tú me la diste, y he aquí que yo, sin saber cómo, la dejé empozada en los rincones de la vida, avaro de ella y pobre de ella!

Benites lloró hasta la muerte.

—¡Señor! Pero tú sabes de esa sangre, ni blanca ni negra, roja como los crepúsculos y las incertidumbres, y líquida y sin forma, obligada a tomar la forma del lugar que la cobija. Y tú sabes de los lugares de la tierra, con sus recodos agudos hasta casi confundir la entrada y la salida en un solo pasaje sin sentido, y con sus curvas tan cerradas y pequeñas que se las tomaría por simples puntos ciegos. ¡Ay señor! ¡Tú me diste la sangre, y yo fui para ella la curva ciega e inhóspita y el recodo sin entrada ni salida!

Se oía callar al silencio por el lado de la nada.


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