Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Juncos hizo un ademán significativo. El verdor de las venas de su arañado cuello palideció ligeramente. Entonces le di la voz con todas mis fuerzas:
—¡Entra, Juncos! ¡Pégale duro!…
Le poseyó al muchacho un súbito coraje. Puso un feroz puñetazo en la cara del inminente vencedor y le derribó al suelo.
El sol declinaba. HabÃa pasado la hora del almuerzo y tenÃamos que volver directamente a la escuela. A Cancio le llevaban de los brazos. TenÃa un ojo herido y el párpado muy hinchado. SonreÃa tristemente. Todos le rodeaban lacerados, prodigándole palabras fraternales. También yo le seguÃa de cerca, tratando de verle el rostro. ¡Cómo le habÃan pegado!
El grupo de pequeños avanzaba, de vuelta a la aldea, entre las pencas del camino. Hablaban poco y a media voz, con una entonación adolorida. Hasta juncos, el propio vencedor, estaba triste. Se apartó de todos y fue a sentarse en un poyo del sendero. Nadie le hizo caso. Le veÃan de lejos, con extrañeza, y él parecÃa avergonzado. Bajó la frente y empezó a jugar con piedrecillas y briznas de hierba. Le habÃa pegado a Cancio este Juncos…
—Vámonos —le dijo Leonidas, acercándose.
Juncos no respondió. Hundió su sombrero hasta las cejas y asà ocultó el rostro.
—Vámonos, Juncos.