Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Cancio se enardecía visiblemente y cobró la ofensiva. De una gran puñada, asestada con limpieza verdaderamente natural, hizo dar una vuelta a la cabeza contraria, obligando a Juncos a rematar su círculo nervioso, poniéndose de manos, a ciegas, contra el cerco de los suyos. Entonces sucedió una cosa truculenta. Un niño más grande que Cancio saltó del redondel y le pegó a este y un segundo muchacho, mayor aun que ambos, le pegó al intruso, defendiendo a Cancio. Durante unos segundos, la confusión fue inextricable, unos defendiendo a otros y aquellos a estos, hasta que volvió a oírse estas palabras de alerta, que pusieron fin al caos y a los golpes:
—¡El profesor! ¡El profesor!…
Juncos estaba muy castigado y parecía que iba a doblar pico. El humilde granuja, al principio tan dueño de sí mismo, tenía el pabellón de una oreja ensangrentado y encendido, a semejanza de una cresta de gallo. Un instante miró a la multitud y sus ojos se humedecieron. El verle, trajeado de harapos, con su sombrerito de payaso, el desgarrón de la rodilla y sus pequeños pies desnudos, que no sé cómo escapaban a las pisadas del otro, me dolió el corazón. Al reanudarse la pelea, di una vuelta y me pasé a los suyos.
Acezaban ambos en guardia.
—Pega…
—Pega nomás…