Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Cancio empezó a despertar mi simpatÃa. Era inteligente y noble. Nunca buscó camorra a nadie, Cancio me era simpático y ahora se avivaba esa simpatÃa. Leonidas también estaba ahora de su parte. Leonidas estaba colorado y se movÃa nerviosamente, ajustando sus movimientos a los trances de la lucha. Cuando Cancio iba a caer por tierra, a una puñada del héroe contrario, Leonidas, sin poder contenerse, alargó la mano canija y dio un buen pellizcón a Juncos. Yo le dije:
—Déjalo. No te metas.
—¡Y por qué le pega a Cancio! —me respondió, poniéndose aun más colorado. Bajó luego los ojos como avergonzado.
La lucha se encendió en forma huracanada. A un puntapié trazado por Juncos, a la sombra de un zurdazo simulado, respondieron los dos puños de Cancio, majando rectamente al pecho, a las clavÃculas, al cuello, a los hombros de su enemigo, en una lluvia de golpes contundentes. Juncos vaciló, defendiéndose con escaramuzas inútiles. Corrió sangre. De una pierna de Cancio manaba un hilo lento y rojo. La tropa lanzó murmullos de triunfo y de lástima.
—¡Bravo! ¡Bravo, Juncos!
—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo, Cancio!
—¡Uyuyuy! ¡Ya va a llorar! ¡Ya va a llorar!
—¡Déjenlo! ¡Déjenlo!
Volaron palmas. Crujió un despecho en alto.