Novelas y cuentos completos

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Este último síntoma, en efecto, traspasaba ya los límites de la alucinación sensorial. Esto era ya más trascendental, sin duda, desde que representaba, nada menos que un raciocinio, un atar de cabos profundos, un dato de conciencia. Urquizo debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales; debía de estar perfectamente seguro de ello, y, desde este punto de vista suyo, era yo, por haberle golpeado sin motivo, el verdadero loco. Urquizo atravesaba por este plano de juicio normal que se denuncia en casi todos los alienados; plano que, por su desconcertante ironía, hiere y escarnece los riñones más cuerdos, hasta quitarnos toda rienda mental y barrer con todos los hitos de la vida. Por eso, la zurda exclamación de aquel enfermo clavóse tanto en mi alma y todavía me hurga el corazón.

Luis Urquizo pertenecía a una numerosa familia del lugar. Era, por infortunado, muy querido de los suyos, quienes le prestaban toda suerte de cuidados y amorosa asistencia.

Un día se me notificó una cosa terrible. Todos los parientes de Urquizo, que convivían con él, también estaban locos. Y todavía más. Todos ellos eran víctimas de una obsesión común, de una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un ridículo fenomenal; se creían monos, y como tales vivían.


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