Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos ¿Era su buena suerte? ¿Era su sabiduría? No lo sé. Pero yo era ahora el primero que preveía la victoria del chino.
Echó este los dados. ¡Oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador! De nuevo, y con más óptima elocuencia, repitiese ante mis ojos y ante mi alma, el espectáculo extraordinario, la desviación anatómica, la polarización de toda la voluntad que doma y sojuzga, entraba y dirige los más inextricables designios de la fatalidad. De nuevo, ante el esfuerzo creador del lanzador de dados, sobrecogido fui de un cataclismo misterioso que rompía toda armonía y razón de ser de los hechos y leyes y enigmas en mi cerebro estupefacto. De nuevo esa partida simultánea de los dados ante iguales términos aleatorios de apuesta. De nuevo abrí los ojos desmesurándolos para constatar la suerte que vendría a agraciar al gran banquero.
Los mármoles corrieron y corrieron y corrieron.
El cañón y el gatillo y la mano esperaban. El de la gran parada no miraba los dados: solo miraba fija, terrible, implacablemente a la testa del asiático.
Ante aquel desafío, que nadie notaba, de ese revólver contra ese par de dados que pintarían el número que pluga a la invencible sombra del Destino, encarnada en la figura de Chale, cualquier habría asegurado que yo estaba allí. Pero no. Yo no estaba allí.