Damas oscuras
Damas oscuras Nadie me respondió, ni yo esperaba que lo hicieran, pero, por lo menos, ya había dejado mi marca. En mi insensatez, procuraba no mirar hacia atrás, y para ello avanzaba escorado, sin perder del todo de vista la profunda oscuridad que dejaba a mis espaldas. Al examinar los establos descubrí, con gran alivio, que había una luz encendida, lo cual creaba una especie de oasis en mitad de la negrura. Avancé muy rápidamente y me introduje en el corazón de ese lugar iluminado y animado, pensando que el metálico eco del balde que manejaba el mozo de cuadras era sin duda uno de los sonidos más agradables que yo hubiera oído en toda mi vida. El cochero, el jefe de aquella pequeña colonia, se dirigía a su casa, adonde yo también encaminé mis pasos para realizar mis pesquisas. El hombre, oriundo de aquella comarca, se había ocupado de la propiedad de la familia en su ausencia durante años, de manera que resultaba imposible que ignorase cualquier cosa que tuviese que ver con la finca, así como las tradiciones relacionadas con ella. El resto de los hombres, me di perfecta cuenta, me lanzaban ojeadas nerviosas, pues les inquietó verme aparecer a aquella hora en su territorio, y me siguieron con la mirada hasta la casa de Jarvis, donde este vivía con la única compañía de su anciana esposa, pues los hijos del matrimonio estaban casados y ya hacían su vida lejos de allí. El señor Jarvis me salió al paso y me hizo muchas preguntas. Hablaba con un tono nervioso. ¿Cómo se encontraba el pobre señorito? Pero los demás sabían, y yo lo supe por las expresiones de sus rostros, que esta información no era en absoluto prioritaria para él. Otras cosas le preocupaban mucho más.