Damas oscuras
Damas oscuras —¿Ruidos?… Uy, sÃ, siempre los hay… El viento en los árboles, el murmullo del agua cayendo por las laderas del valle… Pero si se refiere a los vagabundos, coronel, no… Se dejan ver poco por aquÃ, y ¡buena es Merran, la de la puerta, vigilando!
Jarvis no paraba de moverse, apoyándose alternativamente en ambas piernas mientras hablaba, afectando cierta incomodidad. Se mantenÃa en la sombra, evitando mirarme a la cara en la medida de lo posible. Obviamente, algo le preocupaba, y tenÃa sus razones para no soltar prenda. Su mujer estaba sentada a su lado, lanzándole miradas fugaces de vez en cuando, sin decir nada. La cocina, acogedora, cálida y bien iluminada, parecÃa completamente ajena al misterio y la frialdad que dominaba la noche en el exterior.
—Creo que me estás tomando el pelo, Jarvis —le dije.
—¿Tomándole yo el pelo, coronel? Desde luego que no. ¿Qué sentido tendrÃa eso? Pongamos que el diablo en persona anduviese por la vieja casa, pues a mà me darÃa igual, de una manera o de otra…
—¡Sandy, punto en boca! —le gritó su mujer, con tono imperativo.
—¿Y por qué voy a cerrar yo el pico si el coronel me está preguntando? Como iba diciendo, si el diablo en persona…