Damas oscuras
Damas oscuras —¡Y yo te he dicho que punto en boca! —volvió a gritar la mujer, tremendamente irritada.
—Tiempo de noviembre, noches largas y oscuras, y nosotros, que sabemos lo que sabemos. ¿Cómo te atreves a… mentar un nombre que no se debe ni pronunciar? —La mujer arrojó al suelo la labor que estaba haciendo y se levantó, también con gran zozobra—. Te lo avisé, que no podrÃas callártelo para siempre. No es una cosa para esconder, y el pueblo entero lo sabe tan bien como tú o como yo. Cuéntaselo ya al coronel de una vez, que si no lo haré yo. ¡No quiero tener que guardarme tus secretos, y menos aún uno que conoce todo el mundo! —dijo, chasqueando los dedos con un aire de profundo desdén.
En cuanto a Jarvis, un hombretón robusto y coloradote, empequeñeció hasta quedar del todo anulado en presencia de su resuelta esposa. Él le advirtió entonces dos o tres veces, usando la misma exhortación que ella habÃa empleado antes:
—¡Punto en boca! —Y luego, súbitamente, con una inflexión completamente distinta, proclamó a voz en cuello—: ¡Cuéntaselo, va, a ver si te equivocas! Yo me lavo las manos. Por mÃ, como si todos los fantasmas de Escocia se vienen a vivir a la vieja casa… ¿A mà qué más me da?