Damas oscuras
Damas oscuras Después de esta escena, conseguí que me relataran toda la historia sin poner demasiadas trabas. Los Jarvis creían, igual que el resto de vecinos de la zona, que la casa estaba encantada. Lo consideraban un hecho, fuera de toda duda. Conforme Sandy y su esposa se fueron imbuyendo del espíritu del relato, que desgranaron atropellándose e interrumpiéndose mutuamente, ansiosos por añadir todo tipo de detalles, este se reveló ante mí como la superstición más clara que yo hubiera oído jamás, y, por si fuera poco, no desprovista de poesía y dramatismo. Cuánto tiempo hacía desde que se oyera la voz por primera vez…, nadie lo sabía con certeza. Jarvis opinaba que su padre, que lo había precedido a él en el puesto de cochero de Brentwood, nunca había oído nada al respecto, y que los rumores debían de haber surgido en los últimos diez años, después de que la vieja mansión quedara totalmente desmantelada. Esto arrojaba una datación prodigiosamente moderna para tratarse de un cuento tan bien documentado. Según los testigos a los que se refirieron, y a los que yo mismo interrogué más tarde —y todos ellos se expresaron de manera unánime—, «la visitación» ocurría solo en noviembre y diciembre. Durante estos meses, los más oscuros del año, prácticamente no pasaba una noche sin que aquellos inexplicables gritos se repitieran. Nada, se comentaba, había sido descubierto: nada que pudiera ser identificado. Algunas personas, más valientes o más fantasiosas que el resto, habían visto «moverse la oscuridad», me explicó la señora Jarvis, con una inconsciente vis poética. El extraño fenómeno empezaba cuando caía la noche y seguía repitiéndose, de una forma intermitente, hasta que clareaba el día siguiente. Muy a menudo se trataba solo de un grito inarticulado y lastimero, pero, otras veces, según se rumoreaba, las mismas palabras que se habían adueñado de la imaginación de mi pobre hijo resonaban con nitidez: «¡Oh, madre, déjame entrar!».