Damas oscuras
Damas oscuras Los Jarvis desconocían si se había abierto alguna investigación al respecto. La casa de Brentwood, con todas sus tierras, había recaído por herencia en manos de una remota rama de la familia que solo se alojaba en ella en contadísimas ocasiones, y de entre los muchos inquilinos que la finca había tenido antes que yo, pocos la habían habitado más de dos diciembres seguidos. Y nadie se había tomado la molestia de hacer un reconocimiento minucioso de los hechos.
—No, no —dijo Jarvis, meneando la cabeza con brío—. No, no, coronel. ¿Por qué iban a exponerse a ser el hazmerreír de toda la comarca, con esas tonterías de fantasmas? Nadie cree en fantasmas. Eso tiene que ser el ruido del viento al colarse entre los árboles, como decía el último caballero que se alojó aquí antes que usted, o algún efecto del agua al chocar con las rocas. Él insistía en que la cosa era muy fácil de explicar, pero, a pesar de todo, al final renunció a la casa. Y cuando usted vino, coronel, estábamos inquietos como no se hace una idea. ¿Para qué iba yo a oponerme al contrato, para haber fastidiado la finca?