Damas oscuras
Damas oscuras No dejaba de caminar por toda la estancia, presa de un enfado tan grande que yo mismo me dije que probablemente estaba siendo bastante injusto. Mi corazón se había inflamado por el rencor contra aquellos trabajadores, mercenarios impasibles al servicio de una familia que vivía despreocupadamente mientras ponía en peligro el bienestar de los hijos ajenos, con tal de no tener vacía la propiedad. Si me hubiesen advertido de todo aquello, yo habría tomado mis precauciones, abandonando la propiedad o enviando a Roland a otro sitio… Habría podido actuar de cien maneras distintas que ya no tenían sentido. Ahí estaba yo, con mi hijo aquejado de encefalitis, y su vida, la vida más valiosa que había sobre la tierra, pendía de un hilo… ¡Solo dependía de si yo lograba llegar al fondo de una típica historia de fantasmas! Me paseé de un lado a otro, tratando de dominar mi cólera y de desentrañar una manera de salir de aquella situación, pues sacar a Roland de la casa (contando con que el niño fuese capaz de viajar) no aplacaría su excitación mental, y yo me temía que incluso una explicación científica, un sonido refractado, una reverberación o cualquiera de esas certidumbres simplonas que hacen callar a los varones adultos como yo, tendría un efecto muy limitado sobre el pequeño.