Damas oscuras
Damas oscuras —Coronel —dijo Jarvis, solemne—, ella puede atestiguar lo que le digo… El señorito jamás oyó ni una palabra sobre el tema, no de mi boca… No… Ni tampoco de boca del mozo de cuadras ni de la del jardinero, le doy mi palabra de honor. En primer lugar, el chaval no es de los que invitan a charlar. Cada uno somos de una manera. Algunos no paran de tirarte de la lengua hasta que les has contado todos los chismes del pueblo, y tú vas y lo haces y ellos aún quieren más. Pero el señorito Roland no… Él ya tiene la cabeza bastante llena con sus libros. Es educado y amable, un buen chaval, pero no de ese tipo. Y mire usted, coronel, a nosotros nos interesa que se quede aquà en Brentwood. Yo mismo me encargué de que corriera la voz: «Ni una palabra al señorito Roland, ni a las niñas tampoco… Ni una sÃlaba». Las criadas, que no tienen ningún motivo para salir de noche, ni siquiera saben nada del asunto. Y algunos consideran un gran honor tener un fantasma mientras no se tropiecen con él en ningún momento. Si le hubieran contado la historia desde el principio, puede que usted mismo hubiese pensado igual.