Damas oscuras
Damas oscuras Lo que me decía era bastante cierto, pero no arrojó ninguna luz sobre mis múltiples interrogantes. Si nos hubiesen hablado del tema de entrada, puede que hubiésemos considerado que poseer un fantasma constituía una clara ventaja. Iba con los tiempos, estaba de moda. Jamás habríamos caído en la cuenta de que acaso fuera peligroso jugar con la vivaz imaginación de los pequeños, sino que habríamos exclamado, por el contrario: «¡Un fantasma!, ¡lo que nos faltaba para que este sitio fuera perfecto!». Fue un error por mi parte creerme superior, pensar que estaba por encima de todo eso. Evidentemente, habría hecho bien burlándome de las ocurrencias relacionadas con apariciones espectrales, pero, a buen seguro, saber que iba a contar con un fantasma propio habría complacido mi vanidad. Ay, sí, lo reconozco, no voy a exculparme… Las niñas habrían estado encantadas. Me imagino la ilusión, el interés y el nerviosismo que les habría despertado todo el asunto. No, si nos lo hubiesen dicho, no habríamos ganado nada. Solo habrían conseguido que cerráramos el trato con mayor celeridad todavía, como todos los tontos.
—¿Y de verdad no ha habido ningún intento de investigar el asunto, de averiguar de qué se trata en realidad? —pregunté.