Damas oscuras
Damas oscuras —Quiá, coronel —dijo la esposa del cochero—. ¡Y qué iban a investigar, como dice usted! ¿Algo que nadie se cree? SerÃan el hazmerreÃr de toda la comarca, como dice mi marido.
—Pero usted sà se lo cree —dije yo, desestimando de inmediato su argumento. La cogà por sorpresa, y ella dio un paso atrás para apartarse de mÃ.
—Mi coronel, señor, ¡no me meta esos sustos en el cuerpo! ¡Ay de mÃ!… En este mundo pasan cosas horrorosas y extrañas. Las personas sin estudios no sabemos lo que debemos creer ni lo que no. Pero el reverendo y los señores de postÃn se rÃen en tu cara y nada más. ¡Investigar una cosa que no existe! Quiá, quiá, mejor dejarlo estar.
—Venga conmigo, Jarvis —me apresuré a decir—, que vamos a intentarlo por lo menos. Y no les cuentes ni una palabra de esto a los demás hombres, ni a nadie. Volveré después de cenar e intentaremos averiguar qué está pasando, si es que pasa algo. Si yo oigo a esa cosa (lo cual dudo), puedes estar seguro de que no descansaré hasta saber de dónde procede el grito. Estate preparado a las diez, porque pasaré a buscarte.
—¡A sus órdenes, coronel…! —dijo Jarvis, con voz muy queda.