Damas oscuras
Damas oscuras Como hasta ese momento habÃa estado tan embebido en mis propias preocupaciones, no le habÃa mirado directamente a la cara. En aquel instante, comprobé que el grueso y rollizo cochero habÃa experimentado una transformación notable.
—¡A sus órdenes, coronel! —repitió, enjugándose la transpiración que le cubrÃa el entrecejo. Su sonrosada cara se habÃa descolgado, dejando a la vista la fofa papada. TenÃa las rodillas muy juntas y la voz casi se le habÃa extinguido en la garganta. Luego empezó a frotarse las manos y a sonreÃrme con una expresión servil y mema a un tiempo—. No hay nada que yo no hiciera para complacerlo, mi coronel —dijo, dando un paso más hacia atrás—. Ella se lo puede confirmar, que yo se lo he dicho siempre, que nunca he tenido un amo mejor que usted, ni mejor hablado tampoco… —En este punto, Jarvis hizo una pausa, volvió a mirarme y se frotó las manos.
—¿Y bien? —dije.