Damas oscuras
Damas oscuras —¡Pues eso, señor! —siguió él, a lo suyo, con la misma sonrisa idiota e insinuante a la vez—. Si lo piensa bien, se dará cuenta de que pocas veces me habrá visto a mà caminando. Con un caballo entre las piernas o las riendas en la mano, quizá no sea peor que los otros hombres, pero a pie… Tampoco soy un hombre de paja, pero… es que yo era de caballerÃa, mire usted… —Soltó una risita ronca antes de continuar—: Toda mi vida… Y, mire, para enfrentarse ahora a algo que uno no conoce… A pie, coronel…
—Venga, hombre, si yo lo hago —repuse, con aspereza—, ¿por qué no iba a hacerlo usted?
—¡Uy, coronel, hay una diferencia tremenda! En primer lugar, usted va a patear por el monte y se queda tan fresco, pero a mà una caminata de esas me agota más que conducir sesenta millas, y luego está eso de que usted es un caballero respetable, y hace todo lo que le apetece, y no es tan viejo como yo, además de que el zagal es suyo, entiéndalo, coronel, aparte de que…
—Él cree, y usted no cree, coronel —añadió la mujer.
—¿VendrÃa usted conmigo? —le pregunté, volviéndome hacia ella.
La mujer dio un respingo y se apartó de mÃ. Hasta se le volcó la silla de puro pasmo.