Damas oscuras
Damas oscuras —¡Yo! —chilló, para prorrumpir luego en una especie de risotada histérica—. Pues no me importarÃa acompañarle, pero… ¿qué iba a pensar la gente del pueblo al ver al coronel Mortimer con una vieja idiota pisándole los talones, eh?
Su pregunta me hizo reÃr a mà también, aunque no me resultara demasiado grato oÃrla.
—Veo que tiene usted muy pocas agallas, Jarvis —le dije—. Supongo que me tocará buscarme a otro.
Jarvis, herido en su orgullo, empezó a rumiar protestas, pero yo lo corté en seco. Mi actual mayordomo habÃa sido soldado. HabÃa servido conmigo, en la India, y se le suponÃa el valor suficiente como para no temerle a nadie, ya fuera hombre o demonio. Desde luego, sé a ciencia cierta que no le asustaban los primeros. A esas alturas, yo empezaba a sentir que perdÃa el tiempo. Los Jarvis, deseosos como estaban de deshacerse de mÃ, se mostraron de lo más obsequiosos. Me acompañaron hasta la puerta de su casa con una cortesÃa exagerada y nerviosa. Fuera, hallé merodeando a los dos mozos de las caballerizas, que acogieron mi repentina marcha con cierta confusión. No sé si habrÃan escuchado nuestra conversación, pero al menos se habÃan mantenido lo más cerca posible por si podÃan cazar al vuelo algún fragmento. Hice un gesto con la mano al pasar, respondiendo asà a sus saludos, y me resultó obvio que ellos también se alegraban de verme desaparecer.