Damas oscuras
Damas oscuras Ustedes lo considerarán una gran excentricidad, pero denotaría cierta debilidad por mi parte omitir que yo mismo, aunque empeñado en emprender las pesquisas de las que he hablado (pues le había hecho a Roland la promesa solemne de iniciarlas, y estaba convencido de que la salud de mi hijito, quizá incluso su vida, dependían del resultado de mi indagación)…, pues bien, el caso es que yo mismo sentía un rechazo irracional si pensaba en que tenía que pasar por delante de aquellas ruinas, de camino a casa. Cierto que también sentía curiosidad, pero notaba cómo mi mente se las veía y se las deseaba por arrastrar tras de sí a mi cuerpo. Osaría puntualizar aquí que, ciertamente, los hombres de ciencia lo describirían en términos opuestos, atribuyendo mi cobardía al estado de mi estómago. Seguí avanzando, pero, de haber obedecido a mis instintos, habría vuelto atrás y abortado la operación. En mi interior, todo se rebelaba en contra de ejecutarla: el corazón me rebotaba en el pecho; el pulso, como si fuera un martillo de repetición, latía con estrépito en mis oídos y las partes más sensibles de mi cuerpo. La oscuridad era completa. La vieja casa, con su informe torreón, se alzaba imponente sobre las tinieblas como un pesado amasijo, emergiendo de ellas con una solidez dudosa. Por otro lado, los grandes y oscuros cedros de los que tan orgullosos nos sentíamos parecían llenar por completo la noche. Mis pasos se extraviaron, no encontraban la senda a causa de las sombras, que se habían aliado con mi propio desconcierto. Confundido, me levanté de golpe profiriendo un grito y noté que me había golpeado con algo sólido. ¿Qué sería? El contacto con la dura piedra caliza, con los espinosos zarzales, me devolvieron algo de mi antigua entereza. «Ah, no es más que el viejo frontón…», dije en voz alta, riéndome bajito para ganar confianza. El tacto áspero de las piedras me reconcilió con el entorno. Mientras tanteaba para orientarme, traté de despojarme de toda insensatez visionaria. ¿No había una explicación sencillísima, tan sencilla como que me había extraviado al perder de vista la senda en la oscuridad? Esto me devolvió a la prosaica realidad, fue como si una mano sabia me arrebatase de cuajo cualquier necia conjetura inspirada por la superstición. ¡Qué necio era todo, al fin y al cabo! ¿Qué más daba si tomaba un camino o el otro? Me reí de nuevo, esta vez con mejor ánimo… Mas, de repente, en un instante, se me congeló la sangre en las venas, un escalofrío me recorrió la espalda y mis facultades parecieron abandonarme. Muy cerca de mí, a mi lado, justo a mis pies, había sonado un suspiro. No, no un alarido, ni un quejido, ni nada tan tangible como estos últimos, sino un suspiro suave, tenue, inarticulado, perfecto. Entonces di un respingo y reculé, y mi corazón dejó de latir. ¡Un error! No, no era posible que hubiese errado. Lo había oído con la misma claridad con la que me oigo hablar a mí mismo ahora. Había sido un suspiro largo, suave y fatigado, como si alguien lo hubiese prolongado al máximo para dar así salida a una carga de tristeza acumulada en el pecho. Escuchar aquello en completa soledad, en la negrura de la noche (aunque aún fuese relativamente temprano) obró un efecto sobre mí que soy incapaz de describir. Incluso puedo sentirlo ahora mismo, al recordarlo: algo frío que repta por encima de mí, que se encarama hasta mi pelo, baja luego hasta mis pies y se niega a moverse. Yo grité con voz trémula: «¿Quién anda ahí?», igual que había hecho antes, pero no obtuve respuesta.