Damas oscuras
Damas oscuras Cuando llegué a casa, no sé, en verdad, cómo, mi mente ya no era en absoluto indiferente con respecto a esa cosa, fuera lo que fuera, que vagaba entre las ruinas encantadas. Mi escepticismo se había desvanecido como una bruma ligera. Para entonces yo estaba tan seguro como Roland de que allí había algo. Ni por un momento traté de buscar subterfugios, argumentos que me ayudaran a fingir ante mí mismo que quizá me habían tendido una trampa. Había movimientos y ruidos que yo sabía interpretar perfectamente, como los chasquidos del ramaje cubierto de escarcha o la grava aplastada bajo el peso de unas ruedas. A veces, estos provocan ecos que pueden confundir en cuanto a la fuente del sonido, cuando en el fondo no hay ningún misterio, pero yo les aseguro que tales movimientos de la naturaleza no le afectan a uno para nada cuando existe algo de verdad. Yo esas cosas las entendía. Pero aquel suspiro no. No se trataba de un simple hecho natural, sino que estaba dotado de significado… Contenía el sentir, el alma de una criatura invisible. Y es esto lo que hace temblar a la naturaleza humana: una criatura invisible, y al mismo tiempo capaz de sentir, de conmoverse, con la facultad de expresarse de alguna manera. Yo había dejado de ser reacio (como antes, al encaminarme a los establos) a abandonar la escena donde estaba sucediendo el misterio, pese a lo cual volví a casa casi corriendo, impelido por un intenso deseo de llevar a cabo todos los preparativos y arreglos que fueran necesarios antes de iniciar una investigación seria. Bagley estaba en el vestíbulo cuando entré, como de costumbre. Siempre lo encontraba allí a primera hora de la tarde, y siempre que lo veía parecía ocupadísimo, aunque yo supiese bien que siempre andaba ocioso. La puerta estaba abierta, así que penetré velozmente en mi casa, respirando con dificultad, pero, al percatarme de cómo me observaban sus serenos ojos mientras me ayudaba a quitarme el gabán, me sobrevino una calma instantánea. Cualquier cosa descabellada o incomprensible perdió brillo, quedando en segundo plano en presencia de Bagley. Uno lo veía y se preguntaba cómo podía existir un hombre así: la raya del pelo, la corbata anudada sobre el blanco cuello de la camisa, la caída del pantalón… Todo en él era perfecto, como una obra de arte, pero además uno podía distinguir cómo se había conseguido cada cosa, lo cual marcaba la diferencia. Me abalancé sobre él, por así decirlo, sin entretenerme en consideraciones sobre lo extremadamente poco compatible que podía llegar a ser aquel hombre con las cosas que yo iba a plantearle.