Damas oscuras
Damas oscuras Eran las diez cuando nos pusimos en marcha. Una calma absoluta reinaba en el interior de la casa. Mi esposa estaba con Roland, que llevaba unas horas bastante tranquilo, según ella, y que (aunque, desde luego, debía pasar la cuarentena de la fiebre) había mejorado mucho desde que yo llegué. Le dije a Bagley que se pusiera un grueso sobretodo por encima del abrigo de noche, y yo hice lo propio, además de calzarme unas recias botas, porque el suelo estaba húmedo como una esponja, o incluso más. Mientras hablaba con él, casi me olvidé de lo que íbamos a hacer. Estaba todavía más oscuro que antes, y Bagley se mantuvo todo el rato muy pegado a mí mientras avanzábamos. Yo llevaba un farol pequeño en la mano, que nos servía parcialmente de guía. Al fin, llegamos a la esquina donde el sendero daba un quiebro. A un lado se encontraba el terreno de césped para los juegos de pelota, del que mis hijas se habían apropiado para sus partidos de croquet (un recinto estupendo circundado por altos setos de acebo, con una antigüedad de trescientos años o más); al otro, las ruinas. Ambos estaban negros como boca de lobo, pero, antes de llegar hasta ese punto, vislumbramos un pequeño claro en el que pudimos discernir la hilera de árboles y la franja más clara de la carretera. Yo pensé que sería mejor que nos paráramos a reponer fuerzas.