Damas oscuras
Damas oscuras —¿Lo oye, Bagley? ¿Oye lo que dice? —le pregunté, a grandes voces, al mismo tiempo que pasaba al antiguo recibidor. Él se habÃa recostado en la pared, con los ojos vidriosos, medio muerto de miedo. Advertà que movÃa un poco los labios, como si fuera a contestarme, pero, incapaz de decir nada, levantó la mano con un curioso gesto imperativo, como ordenándome que me callase y escuchase. No sé cuánto tiempo permanecerÃamos asÃ. La cosa empezaba a tener cierto interés, a ejercer una fascinación sobre mà que no podrÃa describir. ParecÃa conjurar una escena para hacerla visible. Llegados a este punto, cualquiera habrÃa concluido que se trataba de una presencia encerrada que deambulaba inquieta de un lado a otro. A veces la voz decaÃa, como si se obligara a sà misma a bajar bruscamente…, y otras vagaba y se alejaba unos cuantos pasos aumentando de volumen, haciéndose nÃtida y clara. «¡Oh, madre, deja que entre! ¡Oh, madre, madre, déjame entrar!». Todas y cada una de esas palabras resonaban en mis oÃdos. No era de extrañar que la compasión que despertaba aquel lamento hubiese desquiciado a mi niño. Traté de calmarme pensando en Roland, en su fe en mÃ, en cómo confiaba en que yo sabrÃa cómo actuar, pero el nerviosismo seguÃa nublándome el entendimiento, incluso cuando pensaba que ya habÃa logrado vencer en parte el terror. Al final, las palabras se desvanecieron, y solo quedaron los gemidos y el llanto. Yo exclamé entonces: