Damas oscuras
Damas oscuras «¡Madre! ¡Madre!», gritaba, seguido de un brote de lastimeros quejidos. Conforme la cabeza se me asentaba e iba acostumbrándose a la situación (en la medida en que la cabeza de uno se puede acostumbrar a las cosas), me dio la impresión de que alguna clase de ser impaciente y digno de lástima estaba paseándose arriba y abajo delante de una puerta cerrada. A intervalos, aunque puede que se tratara de imaginaciones mÃas, me parecÃa oÃr el sonido de unos nudillos, seguido de otro brote de llanto: «¡Oh, madre, madre!». Y todo esto estaba sucediendo cerca, muy cerca del espacio que yo ocupaba con mi farol, tan pronto delante como detrás de mÃ. Una criatura que no encontraba reposo, desgraciada, quejosa, sollozante, pasaba ante el vacÃo acceso a la casa, ante el portón que nadie abrirÃa ni cerrarÃa nunca más.