Damas oscuras
Damas oscuras —¡Lo tengo, coronel! ¡Lo tengo! —gritó, con un tono que se habÃa vuelto exultante. HabÃa creÃdo que se trataba de un hombre, y por eso estaba tan aliviado. Pero justo en ese momento, la voz resonó estruendosa junto nosotros, otra vez a nuestros pies, tan cerca como podÃa estarlo un ser de carne y hueso. Él trastabilló y se tropezó con la pared, lo cual lo obligó a soltarme. TenÃa la boca abierta de par, como si estuviese exhalando su último suspiro. Se me ocurrió entonces que se acababa de dar cuenta de improviso de que su presa era yo mismo. Yo, por mi parte, casi habÃa perdido el dominio de mis propios actos. Arrebatado, le quité el farol de un manotazo y lo fui desplazando con violencia para iluminar cuanto me rodeaba. Nada…, aparte del arbusto de enebro que no recordaba haber visto la vez anterior, la abigarrada masa de hiedra reluciente, los zarzales ondulantes. Ahora lo escuchaba muy cerca de mis orejas, llorando, llorando, implorando como si le fuera la vida en ello. O bien yo estaba de verdad oyendo las mismas palabras que me habÃa repetido Roland, o bien, debido a mi excitación, su imaginación habÃa conquistado la mÃa. La voz continuó resonando y cobró nitidez. Vacilante, emitÃa sonidos articulados, que me llegaban como a ráfagas, primero desde un punto y luego desde otro, como si su dueño se moviese lentamente hacia atrás y hacia delante.