Damas oscuras
Damas oscuras El emperador salió pues de la cama, se puso a toda prisa una robe-de-chambre que había dejado sobre el respaldo de una silla y se dirigió valerosamente hacia el misterioso armario embrujado. Al abrir la puerta, escuchó un roce en el interior del mueble. Así que, espada en mano, miró dentro. Como no descubrió allí alma ni sustancia alguna, acabó por concluir que el ruido debía de haber sido causado por un abrigo que se había resbalado del gancho de la puerta en el que estaba colgado.
Regresó al lecho levemente avergonzado.
Estaba ya a punto de volver a cerrar los ojos cuando la luz de tres velas que ardían en un candelabro de plata sobre la repisa de la chimenea se atenuó de pronto. El emperador levantó la vista y descubrió que una sombra negra y opaca se interponía entre él y el candelabro. Sudando de terror, alargó el brazo hacia el cordel de la campanilla, pero un ser invisible se lo arrebató, al mismo tiempo que la sombra amenazadora se desvanecía por completo.
—¡Bah! —exclamó Napoleón—. No ha sido más que una ilusión óptica.
