Damas oscuras
Damas oscuras —¿De veras? —le susurró misteriosamente al oÃdo una voz grave y cavernosa—. ¿Ha sido solo una ilusión, emperador de Francia? ¡No! Todo lo que has visto y oÃdo es la triste y profética realidad. ¡En pie, portador del águila imperial! ¡Despierta, señor del cetro de lis! ¡SÃgueme, Napoleón, que todavÃa te queda mucho por ver!
En cuanto la voz dejó de oÃrse, una forma se materializó ante sus asombrados ojos. Era la figura de un hombre alto y delgado, ataviado con una levita azul con galones dorados. Llevaba un pañuelo negro muy ceñido al cuello, sujeto con dos pequeñas agujas detrás de cada una de sus orejas. Su tez estaba lÃvida, la lengua le asomaba entre los dientes, y los ojos, vidriosos y enrojecidos, sobresalÃan aterradoramente de las cuencas.
—Mon Dieu! ¿Qué es lo que veo? ¿De dónde vienes, espectro? —preguntó el emperador.
La aparición no habló, pero levantó un dedo para indicarle al emperador que la siguiera.
VÃctima de un misterioso influjo que le impedÃa pensar o actuar por voluntad propia, el emperador obedeció en silencio.
La sólida pared de la estancia se abrió a su paso y volvió a cerrarse con un ruido atronador tras él.
