Damas oscuras
Damas oscuras Se habrÃan encontrado sumidos en la más completa oscuridad de no haber sido por el tenue halo de luz que rodeaba al espectro, que reveló los muros húmedos de un largo pasadizo abovedado que recorrieron juntos con silenciosa celeridad. Poco después, una brisa fresca que ascendÃa hacia el techo y obligó al emperador a ceñirse el camisón al cuerpo anunció que se acercaban al exterior.
Al salir del pasadizo, Napoleón se descubrió en una de las principales calles de ParÃs.
—Venerable espÃritu —dijo el emperador, tiritando a causa del gélido aire nocturno—, permite que regrese para abrigarme un poco. Volveré enseguida a tu lado.
—¡Sigue adelante! —repuso su acompañante con severidad.
Pese a la creciente indignación que le embargaba, el emperador no tuvo más remedio que obedecer.
