Poemas
Poemas Las aletas abiertas de tu nariz,
no lejos de dos bellos ojos ordinarios,
son bonitas como esos bígaros
del borde del mar de los balnearios;
una sonrisa menos franca que amable
descubre pequeños dientes,
diminutivos impertinentes
de los de un lobo de fábula;
entrada en carnes, lenta con garbo,
observamos vuestra persona,
y vuestra voz fina resuena
—¡no sin desagrado[5]!— muy bien;
algo de gracia[6] externa y ligera
y que me dejaba más bien atónito[7]
hacen de vos un bocado de cardenal,
¡constitucional[8], querida[9]!
Lo cierto es, arrepentimiento o no,
que no sé por qué mi alma
por estos fríos piensa en vos, Señora
de quien ya no recuerdo el nombre.
Paralelamente