Agencia Thompson y Cia_
Agencia Thompson y Cia_ Dos de los pasajeros sanos formaban simétricamente el contraste de Saunders y de Hamilton. No reclamaban nunca; parecían enteramente satisfechos.
Van Piperboom, de Rotterdam, era uno de esos dos afortunados. El prudente holandés, renunciando a correr en pos de lo irrealizable, se había creado una vida puramente animal. De tarde en tarde, por una especie de compromiso de honor, soltaba todavía la famosa frase, que la mayor parte de los pasajeros comenzaban a recordar de memoria. Durante el resto del tiempo comía, digería, fumaba, dormía… enormemente; su vida se hallaba contenida entera en esos cuatro verbos.
Johnson hacía pendant a ese filósofo. Dos o tres veces al día se le veía aparecer por el puente. Durante algunos minutos, recorríalo brutalmente, rezongando, escupiendo, jurando, rodando como una barrica, pues sus gustos y actitudes habían acabado por darle esa apariencia. Volvíase después al aparador y pronto se le oía pedir a gritos algún cóctel o algún grog. Si no era agradable, no era tampoco, cuando menos, angustioso.