Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna
«La planicie no serÃa sino un osario inmenso».
—Tanto vale una como otra —respondió Barbicane.
—¡Diablo, qué delicado eres! —respondió Miguel.
—Amigo mÃo —siguió diciendo el positivo Barbicane—, poco importa saber a qué se parece eso, mientras no sepamos lo que es de veras.
—¡Muy bien dicho! —exclamó Miguel—. Eso me enseñará a discutir con los sabios.
Mientras tanto, el proyectil marchaba con una velocidad casi uniforme, a lo largo del disco lunar. Los viajeros, como fácilmente se comprende, no pensaban en descansar ni un momento. A cada instante se les presentaba un paisaje nuevo, que desaparecÃa luego de su vista. A eso de la una y media de la mañana, divisaron las cumbres de otra montaña; Barbicane, consultando el mapa, reconoció a Eratóstenes.
Era una montaña anular de cuatro mil quinientos metros de altura, y formaba uno de los circos más abundantes del satélite. A propósito de esto, Barbicane refirió a sus amigos la singular opinión de Képler sobre la formación de dichos circos. Según el célebre matemático, aquellas cavidades crateriformes debieron de ser abiertas por la mano del hombre.
—¿Y con qué objeto? —preguntó Nicholl.