Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna Ninguno de los viajeros pensaba en descansar un momento. Todos acechaban algún hecho inesperado que arrojase nueva luz sobre sus estudios selenográficos. A cosa de las cinco distribuyó Miguel Ardán, con el nombre de comida, algunos pedazos de pan y de carne fiambre, que fueron rápidamente devorados, sin que nadie abandonase su lumbrera, cuyos cristales se llenaban continuamente de costras por la condensación de los vapores.
A eso de las cinco y cuarenta y cinco minutos de la tarde, Nicholl, provisto de su anteojo, señaló hacia el borde meridional de la Luna y en la dirección que seguÃa el proyectil, algunos puntos brillantes que resaltaban en el fondo sombrÃo del cielo. Hubieran podido compararse a una serie de agudos picos, que se perfilaban como una lÃnea recortada. Estos puntos se iluminaban con bastante intensidad. Asà aparecÃa el último término lineal de la Luna, cuando se presentaba en una de sus fases.
No cabÃa equivocación. No se trataba de un simple meteoro cuya arista luminosa no tenÃa color ni movilidad y menos aún, de un volcán en erupción, por lo cual Barbicane no tardó en decidirse.
—¡El Sol! —exclamó.
«¡El Sol!».
—¿Cómo, el Sol? —dijeron Nicholl y Miguel Ardán.