Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —¿Qué quieres arrojar? —respondió Nicholl—. No tenemos lastre a bordo y, además, me parece que el proyectil, aligerado, marcharÃa más aprisa.
—Más despacio —dijo Miguel.
—Más aprisa —replicó Nicholl.
—Ni más aprisa ni más despacio —dijo Barbicane, para poner paz a sus amigos—, porque flotamos en el vacÃo, donde no se puede tener en cuenta el peso especÃfico.
—Pues bien —dijo Miguel, en tono decisivo—, entonces sólo nos queda una cosa que hacer.
—¿Cuál? —preguntó Nicholl.
—¡Almorzar! —respondió imperturbablemente el audaz francés, que siempre acababa de este modo en los momentos de apuro.
En efecto, si esta determinación no influÃa de modo alguno en la dirección del proyectil, por lo menos se podrÃa tomar sin inconveniente y aun con buen éxito desde el punto de vista del estómago. Indudablemente Miguel tenÃa ocurrencias felices.
Cenaron, pues, a las dos de la mañana; pero la hora era lo de menos. Miguel sirvió su comida habitual, terminada por una excelente botella sacada de la bodega secreta. Si no brotaban ideas en sus cerebros habÃa que desconfiar del exquisito Chambertin de 1863.
Terminada la comida, empezaron de nuevo las observaciones.