Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna Era la pobre Diana, bastante acobardada aún y que salÃa de su escondite, no sin hacerse rogar a pesar de que Miguel Ardán la animaba con sus caricias.
—Ven, Diana —le decÃa—, ven, hija mÃa; tú, cuyos destinos formarán época en los anales cinegéticos; tú, a quien los paganos hubieran hecho compañero del dios Anubis y los cristianos de San Roque; tú, que eres digna de ser vaciada en bronce por el rey de los infiernos, como aquel faldero que Júpiter regaló a la bella Europa a cambio de un beso; tú, que has de eclipsar la celebridad de los héroes de Montargis y del monte de San Bernardo; tú, que al lanzarte por los espacios interplanetarios vas tal vez a ser la Eva de los perros selenitas; tú, que justificarás ese pensamiento elevado de Toussenel: «En el principio creó Dios al hombre, y al verle débil, le dio el perro». ¡Ven acá, Diana, ven!
Diana, contenta o no, se acercó poco a poco, con quejidos lastimeros.
—Bueno —dijo Barbicane—, ya veo a Eva, pero ¿dónde está Adán?
—¡Adán! —respondió Miguel Ardán—. No debe de estar lejos, ahà estará, en cualquier parte; le llamaremos. ¡Satélite! ¡Toma, Satélite!
Pero Satélite no aparecÃa, y Diana continuaba quejándose. Sin embargo, vieron que no estaba herida y le sirvieron una torta apetitosa que puso fin sus ayes.