Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna Satélite parecÃa perdido, y fue necesario buscarlo largo rato, hasta que se le encontró en uno de los compartimentos superiores del proyectil, a donde habÃa sido lanzado por el choque. El pobre animal se hallaba en un estado lastimoso.
—¡Diablos! —dijo Miguel—; ya está comprometida nuestra aclimatación.
Bajaron con cuidado al infeliz perro, que se habÃa roto la cabeza contra la bóveda, y que parecÃa difÃcil que pudiera curarse. No obstante, le tendieron con cuidado sobre un almohadón y allà exhaló un suspiro.
—Nosotros te cuidaremos —dijo Miguel—. Somos responsables de tu existencia; más quisiera yo perder un brazo mÃo que una pata de mi pobre Satélite.
Y al punto dio un trago de agua al herido, que la bebió con avidez.
Después los viajeros observaron atentamente la Tierra y la Luna. La Tierra no aparecÃa ya sino como un disco ceniciento que terminaba en un arco luminoso más estrecho que la vÃspera; pero su volumen era todavÃa enorme, comparado con el de la Luna, que se acercaba cada vez más a un cÃrculo perfecto.
—¡Caramba! —dijo entonces Miguel Ardán—, siento no haber partido en el momento de haber Luna llena, es decir, cuando nuestro Globo se hallase en posición con el Sol.
—¿Por qué? —preguntó Nicholl.