Ante la bandera
Ante la bandera Antes de las dos sabré a qué atenerme, con lo que contestaré a la primera de las preguntas que me he dirigido desde que la goleta ha entrado en plena mar. Y, sin embargo, es inverosímil que el puerto de escala de la Ebba esté situado precisamente en una de las Bermudas, en mitad del archipiélago inglés, a no ser que el Conde de Artigas haya efectuado el rapto de Tomás Roch en provecho de la Gran Bretaña, hipótesis casi inadmisible.
Lo que no es dudoso es que este personaje me observa en este momento con una persistencia singular. Por más que no sospecha que yo sea el ingeniero Simón Hart, debe preguntarse qué es lo que lo pienso de esta aventura. Por más que el guardián Gaydón sea un pobre diablo, no se cuidará menos de lo que le aguarda que el más cumplido gentilhombre, aunque éste fuera el propietario del fantástico yate. Sin embargo, la insistencia de esta inquisitorial mirada me sorprende e inquieta.
Y si el Conde de Artigas hubiera podido adivinar la luz que acaba de iluminar mi espíritu, probable es que no dudara en hacerme arrojar al mar.
La prudencia me manda, pues, ser más circunspecto que nunca.
En efecto: una punta del misterioso velo se ha levantado, y el porvenir ha aparecido más claro ante mis ojos.